Rick: “Malditos seminaristas”

Creo que están a punto de cortarme la cabeza. Sí, es lo más probable, porque llevo puesto un saco que me cubre desde los pies al cuello (lugar donde han cerrado apretando el cordón y casi no me llega la sangre al cerebro), y han colocado mi cabeza dentro de un hueco sobre el que pende una cuchilla láser. Así que tampoco hay que ser un Hércules Poirot para aseverar lo que en otra situación podría ser una hipérbole pesimista… pero no, es seguro que esta noche mi cabeza no descansará sobre los hombros. ¿Que cómo he acabado aquí? Pues eso es lo que me dispongo a contaros desde mi trasmisor subcutáneo de esos de “implánteselo usted mismo” y que yo me injerté en una de las aletillas de la nariz, lo que hace que tenga la sensación constante de que me cuelga un moco. A ver si me da tiempo… antes de que me decapiten.

Todo empezó como sabéis cuando vine al monasterio de Psilos en busca de mi padre hace 6 meses (período en el que he recibido el ya mencionado cursillo de bienvenida). Convertido en uno de ellos me pasé las siguientes semanas intentando dar con mi padre o hallar a alguien que le conociera. Aunque me encontré con dos serios problemas: El primero, si mi padre me había mentido durante toda la vida, ¿cómo narices (ah, no es un moco, es el trasmisor) se habría hecho llamar aquí dentro?. Y segundo, si como sospecho, no es mi verdadero padre, se parecería a mí lo mismo que Paris Hilton a Morgan Freeman, por lo que ni siquiera podía buscarle por su aspecto.

De modo que tuve que interrogar uno por uno a todos los monjes y seminaristas que me iba encontrando, con el inconveniente de que mi memoria es menos fiable que Mohammed Ali quitándote una legaña (que abusivo uso del simil estoy haciendo minutos antes de mi muerte, pardiez) y no me quedaba con las caras de los entrevistados. El monasterio, habitualmente un remanso de paz y calma, donde aparte de sacrificar a uno de los hermanos de vez en cuando a un dios al azar de los 538 que hay en “La Deux Ruleta”, se vive más relajadamente que el coreógrafo de Stephen Hawking (¡y dale!), empezó a alterarse con mis intromisiones personales. Algo que yo sólo empecé a percibir cuando en vez del típico saludo de Psilos (esto es, alzar la ceja y decir: “illooooooo” o un sonido gutural similar) me daban puntapiés en la espinilla.

Y quizá, la última muestra de afecto la he tenido esta mañana, cuando me han sacado de la cama antes de las 12 del mediodía y me han traído aquí entre ensoñaciones y sin tiempo a situarme (es lo que pasa cuando me alteran mis horas de sueño).

Un momento, oigo pasos… dejo conectado el trasmisor en modo escucha.

_Bien queridos hermanos seminaristas. Están ustedes a punto de asistir a uno de los pocos sacrificios consensuados que se han hecho en este monasterio. Generalmente las votaciones suelen ser muy dispares entre los padres sex-cerdotes, pero es la primera vez desde hace 934 años que se produce un 100% a la hora de elegir al sacrificado. La última vez fue un sodomita que… bueno, esa historia la dejo para otro día.

Coño, han venido más de treinta novatos a ver cómo me cortan la cabeza. Os juro mis queridos lectores, que como salga de esta, a ese que habla y que ahora me da la espalda le voy a humillar como a… como a… leñe, ahora con la congoja no me salen similes. Pero en fin, creo que no tengo nada que hacer… al menos, si es verdad la leyenda de que cuando te cortan la cabeza tienes una leve visión de tu cuerpo, quizá averigüe si soy o no un replicante (si asoman vísceras, o cables y tornillos) y mi muerte traiga al menos las respuestas que no tuve en vida.

_¡¡Joder, pero si este es el gilipollas de mi hijo!!

Menudo giro. Resulta que va a ser mi padre el que me corte la cabeza

_¿Qué haces aquí? ¿Y por qué hablas hacia tu nariz en susurro?

_Papá, he venido a buscarte. Necesito saber si soy o no un replicante. Si has de matarme ahora mátame, pero no me dejes ir de este mundo sin probar pipas facundo.

_¿Cómo?

_Que si soy un replicante

_Pues la verdad Ricardito, no lo sé… Nosotros te encontramos abandonado en la azotea de nuestro edificio, donde pastaban las ovejas eléctricas. Y a tu madre le dio pena y decidió adoptarte. ¿POr cierto, la has visto?

_Sí, te espera en el andén de una antigua estación.

_Ah… En fin hijo, te tengo que cortar la cabeza… ¿No te importa si…?

_Tú mismo. Nunca te quise como padre. Quizá pueda llegar a quererte como verdugo.

Cierro los ojos. Escucho como los seminaristas cantan el Ave María de Bisbal a coro, como un mantra que martillea mis oídos. La cuchilla láser ya ha comenzado ha iluminarse. Adiós mundo. Adiós…

Pero… ¿Qué ha pasado? Acabo de abrir los ojos y todos los seminarista están petrificados, ¿y mi padre? Vaya, parece que también es una estatua de sal. Curioso, ya no siento el saco en mi cuerpo… y puedo sacar la cabeza de esta segadora futurista. Me acerco a mi padre, le toco el brazo para comprobar que está petrificado… Vaya, le he roto el brazo. Resulta que estan todos congelados. ¿Pero quién ha hecho esto? ¿Quién me ha salvado? ¿Por qué mi padre en vez de sangre y huesos tiene tornillos y cables… ¡la leche! Todas estas preguntas y muchas más intentaré responderlas en mi próximo post: “¡Malditos congelados!”. Les dejo, hay mucho que esclarecer y… ¡leñe! le acabo de quitar la nariz al que se hizo llamar mi padre. Hasta la próxima, voy a buscar “super glue”.

Un trémulo saludo

Rick

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